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En torno al islamismo: de islamofilias e islamofobias
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En el «corazón de Europa» se ha reabierto el debate sobre el islam, religión profesada por una parte de la población inmigrante y nacionalizados de segunda, tercera y cuarta generación. Casi ha coincidido en el tiempo el surgimiento en Alemania de PEGIDA, un movimiento contra la islamización de Europa, con la cadena de atentados, aparentemente, yihadistas que han conmocionado Francia. Diríase que todo contribuye a abonar un clima psicológico preparatorio ante la opinión pública internacional que, quizá, permita dar cobertura a intervenciones manu militari en Oriente y África más decisivas y ambiciosas justificadas en la erradicación del terrorismo islámico. Fórmula empleada en su momento por EEUU, bajo la coartada de la «lucha global contra el terrorismo», para ocupar y saquear cruentamente Afganistán e Irak.

Pero no debería descartarse, como han apuntado algunos medios alternativos que, a la postre, se introduzca una interesada dinámica desestabilizadora en Europa, poniendo el foco de un hipotético conflicto en la fuerte presencia demográfica de inmigrantes de origen musulmán. En este sentido, no ha sido la extrema derecha europea, sino el presidente de Estados Unidos, Barak Obama, quien ha atizado el fuego declarando que el «mayor peligro» para el Viejo Continente proviene de la falta de integración de esta población.

Paralelamente, se reproducen los discursos políticamente correctos ceñidos al relativismo cultural con loas hacia el «islam moderado» enriquecedor, dicen, de la diversidad que anida entre nosotros. Cubren interesadamente la realidad con un velo que oculta el carácter militante del hiyab de las mujeres musulmanas o, como ocurre en la misma Francia donde están prohibidas las manifestaciones religiosas en el espacio público, los desafiantes rezos masivos de fieles en la calle en la oración del viernes, e incluso, en algunos casos, la imposición de la ley coránica en los arrabales en los que viven estos «nuevos europeos».

A la par, en contraposición y como rechazo a lo islámico, crece la empatía de muchos europeos hacia el sionismo, concibiendo Israel, un estado expansionista agresivo al margen del derecho internacional de fundamento teocrático y racista, como un baluarte democrático rodeado por «salvajes» –musulmanes– y que, por tanto, a sus ojos goza de todo tipo de dispensas para «defenderse» de sus incivilizados vecinos.

Pero lo que de manera generalizada se ignora es que tanto Israel como la constelación imperialista bajo la égida de EEUU ha combatido movimientos y regímenes nacionalistas árabes laicos ajenos, si no hostiles, al islamismo mediante la instrumentalización en su beneficio de organizaciones terroristas integristas.

 

Hipocresía rampante

La reacción de repulsa a los terribles asesinatos del Charlie Hebbdo y de los rehenes del supermercado kosher, expresada por una multitudinaria movilización en la capital de Francia, ha retratado la, cuanto menos, curiosa estampa de una cabeza de manifestación presidida por dignatarios de estados que patrocinan el terrorismo salafista en Oriente Medio, comenzando por el presidente de la República Francesa, Hollande cuyo apoyo a los «rebeldes» sirios es público y notorio o, por ejemplo, también Jordania, en cuyo territorio se han entrenado con la asistencia de Estados Unidos esos islamistas que tratan de derrocar el régimen laico y multiconfesional de Al-Assad y que han erigido de la noche a la mañana un ejército y un califato en los desiertos.

El epicentro actual del terrorismo islamista sigue estando en el drama y el martirio que padecen Siria e Irak, países azotados por la plaga takfirista dirigida e instigada por «Occidente» bajo el liderazgo estadounidense y el auxilio indispensable de sus adláteres regionales que, como la teocrática Arabia Saudita, inspiran a golpe de petrodólares el fundamentalismo wahabí cuya influencia, más allá de nutrir el yihadismo salafista con armas y mercenarios en Oriente, se extiende allende el mundo islámico y alcanza a las mezquitas que se alzan en Europa en las que los imanes predican el rigorismo suní. La opulenta Catar, es también una de las incitadoras y financiadoras de esta matanza junto a Turquía, gobernada por una ramificación de los Hermanos Musulmanes, miembro de la OTAN cuya frontera sirve de paso a los equipamientos, armas y reclutas del terrorismo islamista a quienes también se les permite franquearla para buscar cobijo y trapichear con los botines expoliados en Siria e Irak. Otro tanto ocurre con la zona bajo ocupación de Israel de los Altos del Golán que sirve de santuario a estos grupos de asesinos que operan en Siria.

 

Cinismo repugnante

Resultan burdas las criminales políticas de «Occidente», incluido el reinito de Expaña, respecto a Siria con el patrocinio de estos «rebeldes moderados» que, como ya nadie puede negar a estas alturas, son la pléyade primaveral de sangrientas facciones de mahometanos fanáticos reclutados en todo el orbe que han aparecido en Oriente Medio bajo diferentes denominaciones y cuyo trasvase y afiliación de una organización a otra, hace que realmente todos sean siempre los mismos traga vísceras humanas y corta cabezas devotos de la Sharia. De la misma manera que Satanás se invoca con infinidad de nombres, Al-Qaeda, Frente Al Nusra, Estado Islámico (Ex Estado Islámico de Irak y del Levante), responden a diferentes siglas a las que invariablemente acompaña el mismo olor a azufre en forma de generoso apoyo armamentístico, financiero, logístico, de inteligencia, entrenamiento y asesoramiento de los humanitarios de la OTAN y las monarquías corruptas y autocráticas de la península Arábiga.

En el colmo de su delirante cinismo, aseguran «combatir» a la mediática personificación del mal, el Estado Islámico, con una coalición internacional punitiva que con este pretexto les permite desplegar tropas y aviación sobre el terreno, proyectarse y redibujar las fronteras de Siria e Irak. No es un ningún secreto que EEUU y Francia admiten abiertamente querer derrocar el régimen de Al-Assad.

 

Contradicciones internas

Mientras, en el seno de Eurolandia, tras decenios de políticas neoliberales de puertas abiertas a contingentes islámicos, primordialmente de procedencia magrebí, embellecidos con multiculturalismo progre, se encuentran que la «integración» que se pronosticaba para las segundas, terceras y cuartas generaciones se traduce en un flujo de jóvenes voluntarios de la yihad que van a degollar a sirios e iraquíes. Es el caso macabro de más de un millar de franceses enrolados en el yihadismo. Según fuentes policiales, cinco mil elementos procedentes de la UE, de los cuales, casi un centenar son de España, se han desplazado a Siria e Irak para incorporarse a las filas del Estado Islámico y demás.

Así, es Europa la que exporta terroristas islámicos a Oriente Medio cuyo retorno a sus hogares europeos después de curtirse en la guerra santa, al parecer, alarmaría a los ministros de Interior y a los responsables de las mismas agencias de inteligencia y servicios secretos europeos que apoyan la yihad en Siria en pos de sus objetivos imperialistas.

 

Posiciones claras

La posición del PNR respecto a la inmigración islámica y la población de este origen asentada en el continente, lejos de vincularla a la ocasional alarma de una potencial amenaza interna terrorista, no gravita en torno a cuestiones de seguridad y orden público ni, mucho menos, se articula en cuestiones identitarias, étnicas, culturales o religiosas, como todas aquellas que pretenderían prefijar Europa, por ejemplo, en sus «raíces cristianas» frente a la pujanza demográfica de una religión y cultura exógenas.

Pasa por caracterizar el islam como políticamente incompatible con nuestros valores europeos racionales, democráticos y laicos, cuya profundidad poco tiene que ver con su frivolización como mero derecho a la sátira y la caricatura, sucedáneos de la libertad de expresión que dice defenderse cuando ahora se tratan de conculcar otras libertades en nombre de la lucha contra el terrorismo islamista en una vis represiva liderada por los gobiernos de Eurolandia que va desde la interceptación de las comunicaciones privadas y los registros de movimientos de ciudadanos o la imposición de la cadena perpetua.

Rechazamos la instalación masiva del islam en Europa. Afirmamos la preeminencia de estos valores cívicos y democráticos por encima de cualquier otra consideración, empezando por el derecho a la diferencia y la excepción que reclaman algunos colectivos musulmanes en atención a las particularidades de su confesión. Precisamente, lo que no cuestionamos son sus dogmas ni su teología, sino la incapacidad generalizada en la versión rigorista predominante para asumir la escisión entre lo secular y lo temporal; la esfera de lo privado, a la que se circunscriben respetablemente todas las creencias, con la de lo público en las que aquellas resultan irrelevantes para establecer un espacio común de ciudadanos. Esta distinción radical entre la figura del ciudadano y creyente ha operado entre nosotros tras un largo proceso secularizador que no ha tenido lugar con el islam. Por ello, en la medida que lo musulmán se vindica a sí mismo en su especificidad consideramos un error primar su presencia o reverenciar su culto. Este rechazo hacia la excepcionalidad lo hacemos extensible para cualquier religión. No postulamos una Europa y una España ateas y nihilistas ni tampoco conformadas por creyentes, sea cual sea su fe, sino laicas.

Concebimos la irradiación del islam integrista como vanguardia de la barbarie. En lo inmediato, se hace necesario denunciar la influencia de las monarquías del Golfo sobre las comunidades de musulmanes en Europa, especialmente, en lo que se refiere a la que ejerce la teocracia wahabí, consentida por todos los dignatarios occidentales que han desfilado en el cortejo fúnebre del recientemente fallecido déspota saudí, el rey Abdalá.

Pero fuera de Europa, poco tenemos que objetar en relación al islam, si bien saludaremos el avance de toda tendencia secularizadora que se produzca en las sociedades musulmanas. Y a la vista de lo sucedido en Irak, Libia y Siria, reafirmamos como siempre la defensa del principio de soberanía nacional de los países árabes y musulmanes en general, sea cual sea su régimen, frente a las agresiones del imperialismo yanqui-sionista secundadas por sus esbirros europeos de la OTAN y Eurolandia, y ejecutadas en los últimos tiempos mediante brigadas internacionales de sicarios yihadistas.